¡Cuánto duelen las máscaras de la vida!
Alguien mencionaba ayer, que la vida es como un carnaval; reír, llorar, trabajar, soñar, construir, despedir, amar, aprender, desaprender... Una verdadera ensalada de elementos, que a su vez se constituyen en un buen racimo de sentimientos que no siempre se saben digerir como deberían ser digeridos bajo la dura máscara o mascarada que nos impone el tiempo, el destino, o la vida.
¡El Destino!, Qué fácil y cómodo resulta para algunas personas, echarle la culpa de todo lo que les pasa, a la vida, al tiempo o al destino ¿verdad?, sobre todo cuando no se acostumbra a prever las cosas en su momento y se lamenta tristemente en el ahora, lo que pudo haber sido, pero no fue.
Sin embargo, eso no es lo que más debe importar aquí y ahora, pues lo que pudo haber sido y no fue, también forma parte de un ayer que no va a repetirse ni aunque nos pongamos de rodillas para suplicarlo, porque cada momento de la vida es como un trocito del tiempo sobre los rieles del aliento universal, en el que nos corresponde existir y estar de paso por este mundo que también habremos de dejar algún día.
Qué tristeza se siente en el alma cuando uno escucha decir a alguien que se siente como un animal arrinconado, o metido cada vez más en el rincón más aislado de su vida, esperando no se qué, con miedo de vivir, miedo de enfrentarse a la vida, miedo al sufrimiento, miedo al rechazo social, miedo al qué dirán, al qué pasará o qué pensarán, miedo al miedo, miedo a sí mismo y miedo a otros.
¿Pero qué pasa cuando sucede todo lo contrario?, cuando ríes, lloras, estudias, trabajas, sueñas, amas, añoras, corres, vives y vuelves a correr cada día para alcanzar al tiempo y todo lo haces a la vez? Qué feo es que te digan que tú eres un huracán, el cual es muy difícil de alcanzar o muy dificil de subir a él.
Pero hay algo que nadie se imagina siquiera: Los huracanes tambien se cansan de ser tan fuertes, y cuando éstos se van para quedarse a solas, en el alma quisieran ser como la suave y silenciosa llovizna refrescando el amanecer y no la tormenta que siempre suele ser. Pero así como los extremos suelen siempre tocarse, así mismo es la noche de los seres que se aman.
La noche triste que siempre abraza a su día sin tenerlo, lo huele, lo presiente y lo respira en la fragancia sutil de su ilusión impía, dibujada en las paredes de la sedante oscuridad vacía de su habitación en la que despierta sueña, se desvela, escribe y desvaría.
¿Qué remedio? mañana será otro día.
Doral.







