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jueves, 21 de abril de 2011

¡Bendito seas por siempre Señor!







¡Bendito seas por siempre Señor!


Cuánto recuerdo a mis padres en semana santa, recordar de nuevo los recuerdos, es revivir con suprema devoción mis primeros tres o cuatro años de vida, cuando todas las mañanas al aclarear al alba, serían las 5:30 a.m. en punto, lo primero que hacía era levantarme emocionada de mi cama, para salir como venadita veloz y corriendo hacia la casa de mis abuelos, subirme a un frondoso árbol de ciruelo para ver salir los primeros rayos de sol, no había espectáculo más maravilloso para mí y lo disfrutaba enormemente.

Pensaba en mi mente infantil, que los rayos del sol, eran los caminos para llegar a Dios, no podía perderme aquel espectáculo tan maravilloso de ver al astro rey radiante, glorioso, magestuoso asomándose por la colina o colándose por las copas de los árboles.

Y preguntaba a mamá y a la abuela: Quién era Dios, dónde estaba para poder conocerlo, para poder amarlo y sentirlo. Ellas me contestaban que DIOS vivía en mi corazón, pero aquella respuesta me era insuficiente, yo quería mayores explicaciones, respuestas que poco a poco fueron llegando conforme fui creciendo.

Llegaba semana santa y con ella las más hermosas tradiciones familiares. Había que ayudar a mamá a preparar anticipadamente la comida para los tres últimos días mayores (miércoles, jueves y viernes santo). Aún me llega a través del tiempo, el olor al pan sin levadura, los tamales, la capirotada, frituras de maíz, coricos y pinturitas, el arroz mexicano, el agua bendita de tamarindo fermentado endulzada con miel de abejas, y las ramas verdes que olian tan rico con florecitas de manzanilla en un jarrón.

Con tanta alegría recolectábamos limones frescos del huerto de mi abuelo, jitomates, chiles anchos y cebollita verde. Más tarde ibamos todos a traer la fruta: Papaya, naranjas, sandía, limas, mangos y cacahuates. Mis padres juntaban todos los huevos frescos del gallinero. El abuelo ordeñaba sus dos cabras en el corral y todos tomábamos la leche tibia, recién ordeñada, así natural, sin hervir, qué suculento manjar, hasta espuma se nos quedaba en la boca.

La alacena estaba lista para recibir la semana santa. El miércoles justo a las 12 en punto de medio día, empezaba el ritual familiar. Todos reunidos en un pequeño altarcito familiar renovábamos los votos de amor a JESUS el CRISTO en nuestros corazones.

El abuelo con profundo recogimiento espiritual, encendía las velas que permanecerían vivas y encendidas hasta el sábado de gloria. La abuela nos enseñaba que teníamos que permanecer en el más absoluto silencio posible durante ésos días santos en que todo en casa era oración y música celestial que se escuchaba por la radio del pueblo.

Nadie podía hacer nada, las labores domésticas habían de esperar, cada uno de nosotros recogía su plato y sus cosas, haciendo el más posible ayuno de verbo. Mi madre guardaba su costurero porque decía que cada puntada que le diera con la aguja a su costura, era como clavársela en la espalda al Señor. Mi padre permanecía todo el tiempo a nuestro lado, auxiliando a sus doce hijos en sus más elementales necesidades.

"Sus doce pequeños apostoles, nos decía él",

Yo, la mayor de todos los hijos...ayudaba a mi padre a lavar los pies a mis hermanos en señal de rememoración de la "Ceremonia de lavatorio de pies de los 12 apostoles del Señor", mi abuela encendía el incienso de rajitas de canela desmenuzadas en un carbón al rojo vivo en una pequeña charolita de metal. Mi madre extendía los manteles color púrpura para secarnos los pies.

Viernes santo: Rodeados de mi abuelo Gregorio al centro, sentado en silla preferida "La potrona", (así le llamaba), le escuchabamos todos atentos, cuando él con suprema ternura y devoción, nos contaba serenamente sobre la vida, pasión y muerte de nuestro Señor JESUS EL CRISTO. Un gallo se escuchaba cantar triste a lo lejos, y en aquel silencio la más profunda espiritualidad.

Sábado de gloria; volvía la alegría a casa, terminabamos la ceremonia tradicional familiar que nunca olvidaré, tomándonos todos de las manos para hacer una gran cadena de irradiación de amor a la humanidad.

"Que todos los seres sean felices"
"Que todos los seres sean dichosos"
"Que todos los seres sean en paz".

Nos dábamos todos un abrazo fraterno y con un aplauso muy largo y los rostros felices, terminaba para nosotros la semana santa, y El Señor, se quedaría todo el año con nosotros en casa.

Aun perdura para mí en el corazón aquel ritual hermoso de mi niñez, y ahora que ha pasado el tiempo, rodeada de mi propia familia, cada sábado de gloria, nos tomamos de la mano para continuar la tradición y decir todos en voz alta y con el corazón abierto:

¡Bendito seas por siempre Señor!

Doral.

domingo, 4 de abril de 2010

Los tradicionales huevos de la pascua



Los tradicionales huevos de la Pascua.

Para la cristiandad -y los ortodoxos lo son-, el domingo de Pascua es una fiesta de júbilo. Y al tradicional cordero en la mesa -símbolo de pureza- se ha unido otro símbolo: El huevo de la Pascua.

Éste constituye el signo la resurrección, porque el huevo de Pascua ha tenido siempre una venerable historia, desde aquellos primeros cristianos que le consideraron como símbolo de la Resurrección de Jesús. En la Edad Media, cuando llegaba la Pascua los huevos se pintaban y tan colorinescos objetos eran los presentes más preciados durante esos días, hasta el punto de que en el siglo XVII, el Papa Pablo V bendijo al humilde huevo en una plegaria, quizás para olvidar la prohibición decretada por la Iglesia en el siglo IX, de no consumirlos durante toda la cuaresma.

La llegada de la Pascua suponía el levantamiento de la norma y el fervor por los huevos se desataba, tanto en la cocina como en los regalos entre familiares, amigos y sirvientes. Suponía desquitarse de la penitencia impuesta durante cuarenta y seis días. Era el festín del huevo porque éste representaba el regocijo y la vuelta a la alegría. Como la conservación de los huevos durante la cuaresma era problemática -no había frigoríficos-, lo habitual era bañarlos en cera líquida. Así, la fina capa protectora que los cubría permitía mantenerlos más frescos. De ahí vino la costumbre de colorearlos y decorarlos con ceras.

Con el tiempo, la Iglesia levantó el veto al huevo, pero eso no impidió la costumbre de celebrar la Pascua consumiéndolos y regalándolos. Costumbre que ha perdurado hasta hoy, y con mayor auge en los países del Este y en Centroeuropa.

En los de habla inglesa, al Domingo de Pascua se le llama 'Easter Sunday', porque según la tradición teutónica, Eastre era la diosa de la primavera (la Pascua casi siempre cae muy próxima), y en su homenaje se celebraba un festival pagano. Del nombre Eastre derivó Easter.

La costumbre de esconder huevos pintados en el campo o en los jardines de las casas, para la alegría y regocijo de los niños que los encuentran, se sigue manteniendo en muchos países, entre ellos Estados Unidos. Curiosamente en los jardines de la Casa Blanca el día de Pascua se desarrolla una singular carrera de chicos que hacen rodar los huevos. Gana quien llegue más lejos y sin romperlos. En Grecia todavía se siguen intercambiando huevos carmesí, para recordar la sangre de Cristo. Los armenios los vacían y los decoran con imágenes de Cristo y de la Virgen. Y en Polonía y Ucrania por Pascua, hacen verdaderas obras de arte con cera hundida sobre su cáscara.

El día del nacimiento de Alejandro Severo, quien sucedió a Heliogábalo en la antigua Roma, una gallina puso un huevo de color rojo. La madre consideró esto como un vaticinio que su hijo vestiría la púrpura. Desde entonces fue considerado prenda de buena fortuna los huevos teñidos.

En la Edad Media, el papa Julio III prohibió consumir huevos durante la Cuaresma. El domingo de Pascua se levantab la veda y con gran alegría de todos, en especial de los niños salían al campo para recogerlos, entonado cantos de aleluya. Esta costumbre se mantiene aún vigente en muchos países.

Hay huevos famosos, unos por su gran tamaño, otros por su originalidad. Como el que le obsequió Luis XV a Madame Du Barry que estaba completamente recubierto de oro. Un caballero de la corte exclamó: "¡Si lo comes pasado por agua, yo guardaré la cáscara!". El rey también obsequiaba entre sus cortesanos huevos pintados o grabados. Watteau, Lancret y Boucher llegaron a realizar en ellos verdaderas obras de arte. En el museo Lambinet, en Versailles, se encuentran dos huevos que se consideran una maravilla y que fueron regalados el día de Pascua a Madame Victoria, tía de Luis XVI.

Todo comienza en Semana Santa y culmina con el Domingo de Pascua, que se presenta como una de las más importantes fiestas religiosas. Más allá de los días no laborables, los kilos de chocolates que se comen, los conejos y las roscas típicas, la Pascua tiene una historia digna de ser contada.

La Semana Santa comienza con el Domingo de Ramos, una de las conmemoraciones más importantes para la cristianidad. Muchos fieles van a misa con ramos de olivo -símbolo del recibimiento de Cristo en Jerusalén- para que sean bendecidos.

En esta semana se recuerda la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Con el Domingo de Ramos se evocó la entrada de Cristo en Jerusalén. Según la fe católica, el pueblo judío le dio la bienvenida agitando ramos de olivo.

A partir del jueves próximo -día que se conmemora la Ultima Cena- la liturgia religiosa adquiere mayor importancia. El viernes santo se evoca el tormento de Cristo en su marcha hacia el Calvario y el domingo, con la Pascua de Resurrección, se festejará el paso de la muerte a la vida del Hijo de Dios.

La Pascua constituye el fundamento sobre el cual se asienta y gira toda la vida del cristianismo. Es festejada por 1200 millones de fieles en todo el mundo y el Papa da la bendición en una misa urbi et orbi desde la Basílica de San Pedro.

Las tradiciones en esta fiesta han ido variando con el correr de los siglos hasta llegar a convertirse, para la gran mayoría de la gente, en una semana donde no se trabaja y se comen los famosos huevos de Pascua. De hecho, el Domingo Santo es uno de los dos días del año en el que se consume más chocolates (el otro es la Navidad).

Desde los comienzos de la humanidad, el huevo fue sinónimo de fertilidad, esperanza y renacimiento. El huevo adiquirió importancia dentro de la mitología egipcia cuando el Ave Fénix se quemó en su nido y volvió a renacer más tarde a partir del huevo que lo había creado en un principio. También los hindúes sostenían que el mundo había nacido de un huevo.

Los huevos de pascua en la antigüedad eran de gallina y de pato, y en la Edad Media les eran regalados a los chicos durante las celebraciones. Al tiempo, los cristianos comenzaron a obsequiarse huevos durante la Semana Santa con regalos y al principio el siglo 19, en Alemania, Italia y Francia, aparecieron los primeros huevos hechos con chocolate con pequeños regalos adentro.

En cuanto a la decoración, los huevos de pascua siempre han representado un desafío para los reposteros. Pero las diversas culturas fueron decorando de manera diferente los huevos. En sus comienzos, eran pintados a mano con colores estridentes que representaban la luz del sol. Los huevos se hacían uno a uno con un molde prefabricado, lo que dificultaba mucho su elaboración masiva. Los colores estridentes fueron apareciendo con las grandes producciones de huevos, por los años 20 y 30 del siglo pasado.

Interesante ¿no? ¡Felices Pascuas!

Fuente:
http://www.alimentacion-sana.com.ar/Portal%20nuevo/secciones/senlacocina.htm

viernes, 2 de abril de 2010

¡El dolor de una mujer!

¡El dolor de una mujer!


No cabe duda de que cuando se es madre; el corazón intuye a la distancia el peligro que corre el hijo de su carne y de su sangre; tal como sucedió en el corazón de la Virgen María, aquella noche que arrestaron a su hijo amado: ¿Por qué esta noche me parece distinta? -pensó María, sobresaltada pensando en ese momento en Jesús-

Mientras tanto, en ese momento Jesús se encontraba orando en el huerto de los olivos donde fue visitado por un espíritu del mal, incitándolo a la duda, al temor, al miedo, acechando su templanza para debilitar su fe, sin embargo, el hijo del hombre demostró su poder, trascendiendo toda tentación y elevando su más profunda oración al Padre: "En tí confío, en tí me refugio Padre, tú puedes hacer todo y si es posible, aparta de mí, este trago amargo"



Esa misma noche Jesús de Nazareth fue arrestado, fue vendido por 30 monedas y un beso de Judas. Fué trasladado ante los sacerdotes de aquella época, quienes lo inquirieron duramente, para posteriormente llevarlo ante el gobernador romano, acusándolo de perturbador, de blasfemo, de falso profeta y de que tenía pacto con el mal por curar enfermos, resucitar muertos y salvar a rameras... odiándolo porque se decía ser el Mesías, envidiándolo por enseñar a los más sabios del templo, sentenciándolo a muerte por ser el Rey de los Judios e hijo del Dios vivo.



Evidentemente el fanatismo religioso, la política, el César (Herodes y sus tributos) y la muchedumbre, fueron factores sociales incompatibles de ese tiempo, que en nada favorecieron a Jesús, a pesar de que sí hubo algunos... muy pocos que no le encontraron culpable, como Poncio Pilatos que prefirió lavarse las manos y entregar a Jesús a la Plebe.



María su madre de Jesús, presintiendo que la profesía anunciada estaba a punto de entrar en su etapa más dolorosa: La Pasión y muerte del niño que nació de su vientre para ser El Salvador del Mundo, corrió hacia su encuentro, acudió hacia donde tenían detenido a Jesús, y allí con su respiración suspendida, con su alma en un hilo, pero con su fe inquebrantable bien puesta en el Todopodoroso presenció todo, no sabía exactamente la magnitud del dolor que tenía que atravezar su propio hijo para cumplir con la misión encomendada por Jehová, pero sí estaba segura de que estaría junto a su hijo sucediera lo que sucediera, hasta el final.



Jesús fue castigado severa e injustamente, lo azotaron, lo escupieron, lo burlaron, lo patearon, lo golpearon brutalmente, para posteriormente ser crucificado. Rumbo al calvario y con su cruz a cuestas, lo seguían azotando frente a los ojos de la multitud enardecida, algunos de júbilo, otros de dolor, entre los que se encontraba su madre con el corazón destrozado al ver al hijo bañado en su sangre inocente y sacrificado sádicamente sin piedad. "Padre, Perdónalos porque no saben lo que hacen"


Allí frente al cuerpo de su amado hijo, María con el alma destrozada en mil pedazos, como el cuerpo de Jesús, abrazó a María Magdalena, sabiendo que los designios divinos habían sido cumplidos y que todo había terminado: "Padre... En tus manos encomiendo mi Espíritu". (las últimas palabras de un hombre que nació para entregar su sangre bendita, por el perdón de los pecados de la humanidad entera)


"Hijo mío"... "Carne de mi carne", "Corazón de mi corazón"... ¡Bendito Seas por siempre!

Rey de otro mundo tenías que ser, Padre Celestial, Rey del Amor, Rey del Perdón y Rey del dolor encarnado en la vida y en la muerte Señor, que has derramado hasta tu última gota de sangre por el perdón de los pecados. Que voluntariamente sacrificaste tu vida para salvar la nuestra. Que por el Poder del Padre, resucitaste al tercer día de entre los muertos, vives y reinas aquí y ahora, por los siglos de los siglos, quédate con nosotros. Amén.


Sábado de Gloria... ¡Ha resucitado el Señor! para asombro hasta de sus mismos discípulos, pero ellos saben que Jesús, sí llegó para quedarse con nosotros hasta el último aliento, hasta el último día de la humanidad. Su labor y misión voluntaria siguen siendo mantener viva su iglesia, y único camino hacia la verdad y la vida, a través del perdón y un nuevo códice: El del amor eterno e incondicional en nuestro corazón humano.

¡Jesús; confío siempre en ti!

Doral.


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