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viernes, 2 de octubre de 2009

El dolor de una abuela



El dolor de una abuela


Amigas queridas, este tema va enfocado hacia el dolor, la angustia y la impotencia que algunas abuelitas jóvenes y no tan jóvenes están atravesando, con el ánimo de reflejarnos fielmente en su pellejo y ver de qué manera pudiéramos orientar a una abuela en especial, que hoy con lágrimas en sus ojos, un nudo en su garganta y su corazón destrozado, tocó a nuestra puerta para solicitarnos orientación en medio de una crisis emocional bastante fuerte.

Lupita es una madre y abuela campesina, dedicada exclusivamente a su hogar y al cuidado de su familia. Su señor esposo y sus tres hijos, sostienen humildemente su casa, todos muy unidos, enfrentan actualmente el fallecimiento reciente del hijo mayor del matrimonio. Su desaparecido hijo, ha dejado en la orfandad a su nuera y a su pequeña nietecita de escasos 4 años de edad.

A los pocos meses de haber fallecido su hijo, a su nuera “viuda” le empieza a mover su tapete otro hombre, originario de su pueblo, quien la comienza a rondear, la busca, la ilusiona, la enamora y la seduce. Ésta a su vez, corresponde inmediatamente a los halagos de su nuevo amor, llendose a vivir con él y llevándose a la niña con los dos.

La abuela Lupita queda desconsolada, triste y apagada, pues le quitaron a lo único que le quedó de su hijo muerto: “su nieta”, que ahora han separado del seno de los abuelos. Ellos ruegan a la mujer que la deje en la ciudad para atender a la niña de un problema serio que desde su nacimiento, padece en sus riñones.

No hay poder humano para convencer a la viuda, que arranca a su hijita de amor de sus abuelos y se la lleva al rancho enferma, y sin ninguna posibilidad de atención médica.

Ante la insistencia de la abuela Lupita, de conservar a su lado a su nietecita, recibe amenazas, y sátiras palabras hirientes por parte de su nuera y de su nuevo esposo, apoyados por la familia de éste: “que no se meta en sus vidas, que ellos harán con la niña lo que se les de la gana, que para eso les pertenece”

Empiezan las carreras, los trámites y gestiones antes las autoridades competentes: El Ministerio Público, las trabajadoras sociales, la psicóloga, el síndico de aquella localidad y la ciudadanía en general que conoce el caso de abuso infantil de su pequeña nieta.

Todo al parecer se presentaba normal, no había pruebas fehacientes para demostrar que su nieta requería de atención especial a pesar de que los abuelos sabían que la niña estaba enfermita y lloraba constantemente extrañando su cariño y atenciones.

Hasta que después de muchísimos trámites siguientes de los abuelos, para recuperar a su nieta, una orden judicial sacude a los dos nuevos esposos, que acceden a “prestarle” muy amablemente la niña a los abuelitos, quienes felices de tener a la beba de nuevo en casa, se apresuran a asearla para llevarla al médico. Pero cuán grande sería la sorpresa de Lupita que al estar bañando a la niña, ésta le dice: “Ay, abuelita no me toques mi cosita, me duele”

¿Qué te pasó mi vida? –le preguntó la abuela- Y la niña le explica que el señor de su mamá le aplasta todos los días allí con sus manos y que le duele, que por favor no le talle con jabón por que le duele mucho, que ya no quiere estar con su mamá, porque le tiene miedo a ese hombre que quiere que la obliga a que le diga: “papá”.

A la pobre de Lupita casi le da un infarto de rabia, de susto y de terror al escuchar las detonantes palabras de su chiquita, quien llora “porque le arde el jabón”. La lleva inmediatamente a revisar con el médico. La niña aún presenta su vaginita virgen afortunadamente, excepto los signos evidentes de estupro (violencia sexual a menores).

Lupita no sabe qué hacer, ni ante quien, ni a dónde acudir para salvar a su nieta de las garras de aquel sátiro, cínico y desalmado hombre que ahora ocupa el lugar de su fallecido hijo, quien instantes antes de morir le suplica: “Mamá; te encargo mucho a mi hija”.

La viuda joven e inconciente y ciega de amor por aquel tipo asqueroso y degenerado, le da más crédito a las palabras del enfermo mental de su marido, que a las palabras de su propia hijita. Ocho días es el plazo para devolver a la niña, y Lupita está desesperada, quiere pelear ante las autoridades, la patria potestad de su nietecita, no está dispuesta a soltarla de nuevo, pero el llanto la ahoga, le corta sus palabras, está desesperada, destrozada, quiere huir con la niña para protegerla de ese tipo abusador, maltratador, vulgar, prosaico y de su propia madre, que no ve nada más allá de sus narices.

Los pocos días y las horas que faltan para regresar a la niña con su madre, quizá serán las más negras y largas en la vida de Lupita, y en un último intento por encontrar la manera de quedarse con su nieta, enajenada de dolor toca todas las puertas que puede, buscando ayuda. Una ayuda que hasta hoy se le ha negado por carecer de los recursos económicos más elementales para pagarle a un buen abogado.

Amigas queridas, ustedes que son madres, ustedes que conocen el dolor que se siente cuando alguien toca a nuestras hijas, ustedes que conocen la angustia que representa la impotencia, cuando nadie nos escucha ni atiende nuestro dolor, o cuando ya se han tocado muchas puertas pasivas e indolentes y nos mandan a buscar ayuda a otro lado, o peor… ¡Cuándo éstas se nos cierran sin darnos una solución”. ¿Qué hacer en estos casos?

Por favor apoyemos a esta noble mujer en su causa, ella en estos momentos está muy angustiada…¡desesperada!, ruega y suplica por orientación y consuelo: ¿Qué podrían ustedes amigas queridas sugerirle a la abuela Lupita?

Espero sus valiosas opiniones.
Con mis respetos y cariño siempre.
Doral.

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